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domingo, 2 de agosto de 2015

¿Cuánto vale nuestra identidad?

La identidad en red es una cuestión que el cibernauta no deja pasar por alto. En este espacio hemos tratado el tema en diferentes ocasiones, haciendo referencia sobre todo a la proyección que el sujeto lanza hacia el exterior. Como tal, es un aspecto que suele ser muy valorado, pues si la cara es el espejo cela alma, nuestra imagen digital es el espejo de nuestra identidad física trasladada al mundo digital.

En el caso de personalidades o instituciones  esto supone un problema serio. De hecho, hay expertos en imagen digital que obtienen pingües beneficios a cambio de que la imagen del cantante de moda o del político de turno sea lo más cool, moderna u honesta -según sea el caso del cliente- que se necesite en cada momento. A fin de cuentas, a pesar de que lo que sube a la red se convierte instantáneamente  en dominio público, el efecto interfaz (la barrera que existe entre emisor y receptor, entre consumidor y productor) da un tiempo de beneficio. 

Evidentemente, cuando hay tanto interés en juego, es comprensible que estas célebres identidades sean falsificadas o robadas. Pero ¿son interesantes las identidades comunes? ¿merece la pena invertir tiempo en robar cuentas de usuarios anónimos? Sin lugar a dudas sí. Por una sencilla razón: es una actividad relativamente sencilla y rentable. El objetivo del hacker no es una identidad concreta, sino que lanza las redes (phising) es espera de que los incautos caigan en ellas. Y de hecho caen. Con más frecuencia de al que imaginamos. El robo de una cuenta de correo personal o de una cuenta de Facebook puede tener poco valor, sin embargo puede ser interesante para generar opiniones. Pero el que nos roben  una cuenta de Ebay o de paypal sí que pueden generar beneficios tangibles de manera inmediata, al igual que cualquier tipo de información financiera (cuentas bancarias, tarjetas...). Esta identidades pueden ser vendidas en foros, mercados negros y otros mentideros de la red. Sólo hay buscar un poco, y nos sorprenderemos de lo fácil que puede resultar comprar, por poco menos de un euro, una identidad robada.  Mientras tanto, sólo nos queda ser sensatos.
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo

domingo, 30 de noviembre de 2014

El desarrollo de las redes digitales de transmisión de la información posibilitaron desde hace un tiempo el registro de casi todo lo que ocurre a nuestro alrededor, así como su distribución telemática inmediata. Esta fiebre por registrar, nos lleva a introducir en nuestro hogares dispositivos capaces de exportar la intimidad de nuestro hogar al ciberespacio. Cualquier tablet, smartphone o dispositivo con webcam puede ser fácilmente asaltado por un usuario remoto que podría utilizar la cámara a su antojo. Otras veces, el usuario pone en su casa cámaras que, conectadas a una central  de una empresa de seguridad, deberían velar por la inviolabilidad de los hogares.  

Sin embargo, olvidamos que una vez que los datos salen de nuestros hogares, perdemos el control sobre ellos. Las cámaras de seguridad así como las webcam de nuestras tablets o móviles abren un ventana que permite a todo aquel que quiera, y sepa, pueda husmear en la intimidad de nuestro hogar. Recientemente  ha saltado a los medios  la existencia de una web rusa que expone las imágenes de miles de estas cámaras privadas repartidas por todo el mundo. Ello nos debe hacer reflexionar sobre la potencia de la tecnología que utilizamos y sobre la necesidad de saber el alcance de su uso, que nos puede dar sorpresas que siempre serán  agradables
alfonsovazquez.com
ciberantropólogo

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